jueves, 23 de diciembre de 2010

Cap. II


"adivinaste Franquito,
te mereces un premio...
¿Cuál podrá ser?...
ah! y eso de no devolverme
no creo que me aguantes mucho.
besos"


Durante los nueve años que nos ofrecimos "un descanso" nunca pude sacarla de mí. Era una angustia constante que corroía mis entrañas. Recordaba rigurosamente cada año su cumpleaños, aunque solo dos veces me atreví a llamarla para saludar. Todos los dos de enero eran sagrados y guardaba religiosamente ayunas bohemias.

Estuvimos, muchas veces, a punto de volvernos a encontrar durante nuestros primeros años de separación; pero diversas circunstancias impìdieron el encuentro. Mails y el chat eran nuestras señales de humo que mantenían las esperanzas de una nueva oportunidad. El tiempo pasaba y el fuego se extinguía y, con ello, el humo vital. Luego el silencio. Largo silencio.

No supe más de ella durante algunos años. Ella seguro me olvido. Yo intentaba hacerlo de diversas maneras sin éxito alguno. Lo lograba esporádicamente y luego volvía a mí. Pero una noche de febrero a 4385 metros sobre el nivel del mar (Cerro de Pasco) un sueño agitado me revelaba su acontecer que no era indulgente para mí. Eso no impidió que ese mismo día le escribiera contándole aquel sueño y que mientras enviaba el mail ella volvía aparecer en mi vida a través del MSN guiados -tal vez- por alguna fuerza extraña o quizás nuestros corazones o de repente la casualidad. La saludé y empecé a contarle su presente. Quedó atónita. Y también su futuro a mi lado. Quedó escéptica. Luego me dijo, despidiéndose, que tenía que dejarme -por ahora- pues su presente la llamaba.

Dos años después volví a encontrármela -para variar en el MSN- y tuvimos una charla donde prevaleció nuestro pasado juntos, pero que fue la piedra angular que determinaría nuestro futuro. Tres semanas de silencio después recibo un mensaje de texto anónimo, donde se me solicitaba adivinar al remitente que me enviaba sus saludos. No me costó descifrar que era la patrona de mi vida. Que era mi musa reclamando a su fiel y eterno súbdito. "Eres tú mi adorada Nereida" le respondió sin dudas mi alma; mi carne y mi sangre. Se privó de responder mi corazón, por temor a detenerse. Pues él siempre gritaba su nombre en su silenciosa soledad; él fue siempre de ella y en ese momento la sentía cerca. Sentía que ella volvía a él. Que ella volvía a ser su dueña.

Un mes después volvió Nereida. La esperé como siempre. La esperé como lo hice en las otras vidas, pues ella es el amor de todas mis vidas. Pase lo que pase.

lunes, 3 de mayo de 2010

Cap. 1

Aun no sé si aquella noche, en que la llevé a conocer el mar chorrillano, ella temblaba de frío o de temor. No hacía mucho que la conocía y ya me desvivía por complacerla en cualquier capricho: "Me gusta ver el mar por la noche" me dijo un día antes y yo presté atención. Mucha atención. Y no dude un segundo en esperarla pacientemente en la entrada de la facultad, donde estudiábamos. La esperé nervioso mientras limpiaba con esmero mi Hyundai del año 89 -y que aún conservo para mi desgracia-. Lo perfumé, acicalé y llené de gasolina para evitar inconvenientes bochornosos. Mi carcocha no podía defraudarme, pues, mi pasado, mi presente y mi futuro se posarían en sus polvorientos y dipsómanos asientos. Y no me defraudó. Se portó a la altura, a pesar de los amagos que hizo por quedarse varado en alguna de esas subidas que tenía -tiene- el circuito de playas de la costa verde.
Sus enormes ojos brillaban y ya respiraban confianza hacia mí. Había dejado de temblar y, ahora, quien lo hacía era yo, que no sabía qué siguiente paso dar. Ella me miraba ahora con cara de: "no pensarás besarme ¿no?"; y después con cara de "qué esperas para besarme"; para luego cambiarla a "ya me desanimé, ni te atrevas a besarme"; y después con un "Tonto bésame"; y finalizar con un "mejor no". Mi seguridad habitual me abandonó aquella noche. Sólo estaba seguro de una cosa: que ya estaba perdido y jodidamente enamorado de Mónica; y que lo único valiente y original que pude decirle aquella noche frente al mar alunado fue: "tú serás mi Nereida". Después la llevé a su casa.