viernes, 1 de abril de 2011

Cap. V

"Tu piel y mi piel,

ves que se reconocen.

es la memoria que hay

en nuestros corazones"

(Marciano Cantero)


Había destapado la primera botella de vino y sentía que necesitaba cinco botellas más para perder el temor. Aunque no lo había planeado todo se estaba dando para que nuestros cuerpos se unieran, otra vez, después de nueve años. Lo único que iluminaba la habitación era una chimenea artificial estratégicamente ubicada. Nereida me esperaba cómoda en el sillón con una sonrisita de borracha. Sirvo más vino en las copas, acabo la mía de un sorbo y pienso que necesito algo más fuerte para beber. Enciendo un cigarrillo y ella sigue con la misma sonrisita. Mientras la admiro embobado, ella acaba su copa de vino y se me acerca lentamente, y con una mueca de complicidad acerca sus labios a mi oreja derecha y me susurra divertida: "¿Quieres ver mi cicatriz?".


Convencerla para que viajara a Chincha fue tarea ardua que tomó varios días e inclusive el mismo día del viaje tuve que persudiarla -por celular- para que subiera al bus que la llevaría a Lima donde le daría el alcance, pues yo, por esos días trabajaba en Chincha. Aun conservo los boletos de aquel primer viaje juntos, como premio al esfuerzo psicológico que demandó tan arduo convencimiento y a la breve e inolvidable estadía -17 horas- de Nereida por tierras chinchanas. Todas los inconvenientes, dudas y trabas eran comprensibles, pues teníamos dos semanas de haber regresado como enamorados después de un descanso de nueve años y un viaje así representaba ciertos sacrificios para ella.

No solo me enseñó su cicatriz, sino que también me dejó besarla. Adoré aquel pequeño y hermoso corte desde el primer beso. Luego me acomodé en el sillón y la observé como quien observa una joya inalcanzable tras el escaparate de una joyería. Ella me miraba como esperando a que hiciera algo. No hice nada. Me quedé sentado y petrificado ante la hermosura de sus ojos. Entonces ante mi inacción ella se levantó del mueble, se paró frente a mí y, luego, sin mediar palabra alguna se acomodó sobre mí con las rodillas apoyadas sobre los cojines del sillón a ambos lados de mí. Me abrazó. La abracé y nos besamos sin pausas. Mis manos envalentonadas buscaban pedacitos de piel que la fricción del momento pudiera regalarme. Me levanté del mueble y sus piernas estrangulaban mi cintura y así, sin dejar de abrazarnos y besarnos la llevé cargada a mi habitación; y sin cerrar la puerta nos olvidamos de nuestro pasado. Lo olvidamos todo.

No dormimos, solo descansamos. Desayunamos y continuamos descansando. Es mentira cuando dicen que el tiempo se detiene cuando estás con el amor de tu vida. Con el amor de todas tus vidas. Es mentira, las horas se transforman en minutos o segundos inclementes para el amor. El tiempo es cruel y las distancias lo son aun más, ya que, sin darme cuenta la acompañaba de regreso a Lima. Sin darme cuenta nos despedíamos con besos nostálgicos. Sin darme cuenta ya estaba en mi habitación, solo. Extrañándola. Buscando su sombra y el eco de su risa. Acomodé mi almohada y su fragancia endulzó toda la habitación. Me abracé de ella. Y mientras me quedaba dormido, adormecido con su recuerdo, me di cuenta que ya no podía vivir sin ella. Que ella es mi vida.

jueves, 27 de enero de 2011

Cap. IV

Hay pocas ocasiones en la vida en que te pueden mandar a la "mismísima" mierda y... te vas, literalmente, muy contento. Y es que esas extrañas circunstancias, mas que pensar en devolver el agravio, te pones a meditar cómo es posible que de una boquita tan bonita y dulce pueda salir frase tan blasfema. Aclaro, no es una costumbre en ella decir tales frases; mas bien fue un arrebato de ira causado por el insoportable escribidor, que santo no es. Y no es que me haya espantado ante la afrenta -la replana coloquial es una de mis habilidades-, todo lo contrario, me causó mucha gracia que criatura tan bella te pueda "mandar" a sitios tan feos.

Me mandaron a la mierda hace pocas semanas; me rectifico, me mandaron a la "mismísima" mierda hace pocas semanas. Nada es perfecto. Las cosas son difíciles cuando se es tan distinto o se está muy lejos. Mónica es muy distinta a mí y, además, en aquella ocasión yo estaba muy lejos de ella. La frustración por la ausencia nos hacía "hipersensibles". Somos distintos en todo y eso crea, a veces, cortocircuitos: a ella le encantan las baladas y yo soy rockero de pura cepa; ella es religiosa yo agnóstico; ella cumple las reglas y las leyes yo soy un nihilista; ella es dormilona y yo duermo nada; ella detesta los cigarrillos y yo los fumo; bebo café negro y ella tiembla ante él; ella iba a la parroquia y yo a bares por la medianoche; ella ve novelas y yo devoro libros; ella es chiquita y yo grande; ella es reservada y yo un libertino; ella es renegona y yo afable; ella fue buena estudiante y yo siempre fui uno malo; ella es bella y yo una bestia. Somos distintos en todo y eso realza más el aura utópica de nuestra relación. Sí, somos muy distintos y creo que si fuésemos iguales estaríamos muy aburridos el uno del otro o ya me hubiese mandado a la mierda mil veces. Todo lo contrario, la he amado mil veces y ella besado un millón. NO! no somos tan distintos ambos buscamos lo mismo: queremos llegar a viejitos juntos y cuando muera ella me cremará y cenizas esperaré a que me dé el alcance, y cuando ella lo haga esparcirán mis cenizas sobre su cuerpo y me enterrarán junto a ella -no quiere ser cremada- para siempre. Tan distintos no somos: nos amamos.

miércoles, 5 de enero de 2011

Cap. III


Estaba hermosa y flaquísima. Crucé la acera y ella me esperó con una sonrisa inolvidable. La abracé fuerte, como si se me fuera a escapar otra vez, y le estampé un beso emocionado en la mejilla. Quería besarla, pero la prudencia me detuvo ¿O fue el miedo? Después de semanas convenciéndola, animándola y, claro, enamorándola para reencontrarnos al fin la tenía frente a mí y no sabía qué hacer o decir. Temblaba pero no se lo hacía saber. A ella también la noté nerviosa; pero ella flotaba y yo tropezaba. Como salida nos fuimos a beber unos tragos a ver si las torpezas me abandonaban.

La primera vez que la ví -hace nueve años en su casa de Lima, apoyada en la pared de su sala preguntándose ¿quién es este creído? Y yo diciéndome "¡que linda chatita!"- como era de esperarse no fue un flechazo para ella, pero yo no podía dejar de mirarla. Era inevitable, me estaba enamorando por más que lo evitaba. Pero aquella noche de reencuentro, después de largos años, era distinto. Pues, mientras bebiamos sangría me sorprendía amando sus muecas y sus movimientos excesivos de brazos y manos.Amaba sus ojazos y como celebraba mis tonterías. Amaba su forma de beber y comer ravioles. Amaba que estuviera a mi lado otra vez. Me descubrí amándola sin miedos.

Durante la noche buscaba el momento adecuado para besarla. Yo quería besarla desde que la ví. No lo hice, sabía que me rechazaría. Los días anteriores a nuestro encuentro conversábamos sobre lo determinante que sería esa noche para nosotros. No nos veíamos años y nuestras vidas eran distintas y lejanas: ella trabajaba en Huacho y yo lo hacía, momentáneamente, en Chincha ¿El amor es más fuerte que las distancias y algunas obligaciones? No lo sé, lo que sí sé es que ella me planteó todas las dificultades posibles que tendríamos, mientras yo me encargaba de desbaratar con soluciones todas sus trabas. Nunca llegamos a un acuerdo e intentamos olvidar todo y disfrutar lo que quedaba de la noche.

El camino de regreso a su casa fue silencioso, sabíamos que en esos pocos minutos que nos quedaban dependería nuestro futuro. Los nervios regresaron y solo atinaba a mirarla. Admirarla. Observaba sus labios e intentaba recordar sus besos que ahora me parecían lejanos y la fragancia de su respiración. Inolvidable. Bajamos del taxi y mi pecho empezó a gritar su nombre. Respiré hondo y me paré frente a ella. Ella me miró asustada, mientras mis ojos delataban todo lo que morían por ella. Mi pecho, ahora, aullaba su nombre. Tomé su carita fria con mis manos y la acerqué a mí sin resistencia. La besé. Fue un beso largo y sediento por los años. Fue un beso inmaculado por la memoria que terminó cediendo a un abrazo infinito; pues ella necesitaba escuchar los juramentos que le proclamaba mi pecho. Sé que escuchó, porque al despedirse pude ver en su mirada que sabía que, esta vez, no iba a permitir que se me escapara.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Cap. II


"adivinaste Franquito,
te mereces un premio...
¿Cuál podrá ser?...
ah! y eso de no devolverme
no creo que me aguantes mucho.
besos"


Durante los nueve años que nos ofrecimos "un descanso" nunca pude sacarla de mí. Era una angustia constante que corroía mis entrañas. Recordaba rigurosamente cada año su cumpleaños, aunque solo dos veces me atreví a llamarla para saludar. Todos los dos de enero eran sagrados y guardaba religiosamente ayunas bohemias.

Estuvimos, muchas veces, a punto de volvernos a encontrar durante nuestros primeros años de separación; pero diversas circunstancias impìdieron el encuentro. Mails y el chat eran nuestras señales de humo que mantenían las esperanzas de una nueva oportunidad. El tiempo pasaba y el fuego se extinguía y, con ello, el humo vital. Luego el silencio. Largo silencio.

No supe más de ella durante algunos años. Ella seguro me olvido. Yo intentaba hacerlo de diversas maneras sin éxito alguno. Lo lograba esporádicamente y luego volvía a mí. Pero una noche de febrero a 4385 metros sobre el nivel del mar (Cerro de Pasco) un sueño agitado me revelaba su acontecer que no era indulgente para mí. Eso no impidió que ese mismo día le escribiera contándole aquel sueño y que mientras enviaba el mail ella volvía aparecer en mi vida a través del MSN guiados -tal vez- por alguna fuerza extraña o quizás nuestros corazones o de repente la casualidad. La saludé y empecé a contarle su presente. Quedó atónita. Y también su futuro a mi lado. Quedó escéptica. Luego me dijo, despidiéndose, que tenía que dejarme -por ahora- pues su presente la llamaba.

Dos años después volví a encontrármela -para variar en el MSN- y tuvimos una charla donde prevaleció nuestro pasado juntos, pero que fue la piedra angular que determinaría nuestro futuro. Tres semanas de silencio después recibo un mensaje de texto anónimo, donde se me solicitaba adivinar al remitente que me enviaba sus saludos. No me costó descifrar que era la patrona de mi vida. Que era mi musa reclamando a su fiel y eterno súbdito. "Eres tú mi adorada Nereida" le respondió sin dudas mi alma; mi carne y mi sangre. Se privó de responder mi corazón, por temor a detenerse. Pues él siempre gritaba su nombre en su silenciosa soledad; él fue siempre de ella y en ese momento la sentía cerca. Sentía que ella volvía a él. Que ella volvía a ser su dueña.

Un mes después volvió Nereida. La esperé como siempre. La esperé como lo hice en las otras vidas, pues ella es el amor de todas mis vidas. Pase lo que pase.

lunes, 3 de mayo de 2010

Cap. 1

Aun no sé si aquella noche, en que la llevé a conocer el mar chorrillano, ella temblaba de frío o de temor. No hacía mucho que la conocía y ya me desvivía por complacerla en cualquier capricho: "Me gusta ver el mar por la noche" me dijo un día antes y yo presté atención. Mucha atención. Y no dude un segundo en esperarla pacientemente en la entrada de la facultad, donde estudiábamos. La esperé nervioso mientras limpiaba con esmero mi Hyundai del año 89 -y que aún conservo para mi desgracia-. Lo perfumé, acicalé y llené de gasolina para evitar inconvenientes bochornosos. Mi carcocha no podía defraudarme, pues, mi pasado, mi presente y mi futuro se posarían en sus polvorientos y dipsómanos asientos. Y no me defraudó. Se portó a la altura, a pesar de los amagos que hizo por quedarse varado en alguna de esas subidas que tenía -tiene- el circuito de playas de la costa verde.
Sus enormes ojos brillaban y ya respiraban confianza hacia mí. Había dejado de temblar y, ahora, quien lo hacía era yo, que no sabía qué siguiente paso dar. Ella me miraba ahora con cara de: "no pensarás besarme ¿no?"; y después con cara de "qué esperas para besarme"; para luego cambiarla a "ya me desanimé, ni te atrevas a besarme"; y después con un "Tonto bésame"; y finalizar con un "mejor no". Mi seguridad habitual me abandonó aquella noche. Sólo estaba seguro de una cosa: que ya estaba perdido y jodidamente enamorado de Mónica; y que lo único valiente y original que pude decirle aquella noche frente al mar alunado fue: "tú serás mi Nereida". Después la llevé a su casa.