"Tu piel y mi piel,
ves que se reconocen.
es la memoria que hay
en nuestros corazones"
(Marciano Cantero)
Había destapado la primera botella de vino y sentía que necesitaba cinco botellas más para perder el temor. Aunque no lo había planeado todo se estaba dando para que nuestros cuerpos se unieran, otra vez, después de nueve años. Lo único que iluminaba la habitación era una chimenea artificial estratégicamente ubicada. Nereida me esperaba cómoda en el sillón con una sonrisita de borracha. Sirvo más vino en las copas, acabo la mía de un sorbo y pienso que necesito algo más fuerte para beber. Enciendo un cigarrillo y ella sigue con la misma sonrisita. Mientras la admiro embobado, ella acaba su copa de vino y se me acerca lentamente, y con una mueca de complicidad acerca sus labios a mi oreja derecha y me susurra divertida: "¿Quieres ver mi cicatriz?".
Convencerla para que viajara a Chincha fue tarea ardua que tomó varios días e inclusive el mismo día del viaje tuve que persudiarla -por celular- para que subiera al bus que la llevaría a Lima donde le daría el alcance, pues yo, por esos días trabajaba en Chincha. Aun conservo los boletos de aquel primer viaje juntos, como premio al esfuerzo psicológico que demandó tan arduo convencimiento y a la breve e inolvidable estadía -17 horas- de Nereida por tierras chinchanas. Todas los inconvenientes, dudas y trabas eran comprensibles, pues teníamos dos semanas de haber regresado como enamorados después de un descanso de nueve años y un viaje así representaba ciertos sacrificios para ella.
No solo me enseñó su cicatriz, sino que también me dejó besarla. Adoré aquel pequeño y hermoso corte desde el primer beso. Luego me acomodé en el sillón y la observé como quien observa una joya inalcanzable tras el escaparate de una joyería. Ella me miraba como esperando a que hiciera algo. No hice nada. Me quedé sentado y petrificado ante la hermosura de sus ojos. Entonces ante mi inacción ella se levantó del mueble, se paró frente a mí y, luego, sin mediar palabra alguna se acomodó sobre mí con las rodillas apoyadas sobre los cojines del sillón a ambos lados de mí. Me abrazó. La abracé y nos besamos sin pausas. Mis manos envalentonadas buscaban pedacitos de piel que la fricción del momento pudiera regalarme. Me levanté del mueble y sus piernas estrangulaban mi cintura y así, sin dejar de abrazarnos y besarnos la llevé cargada a mi habitación; y sin cerrar la puerta nos olvidamos de nuestro pasado. Lo olvidamos todo.
No dormimos, solo descansamos. Desayunamos y continuamos descansando. Es mentira cuando dicen que el tiempo se detiene cuando estás con el amor de tu vida. Con el amor de todas tus vidas. Es mentira, las horas se transforman en minutos o segundos inclementes para el amor. El tiempo es cruel y las distancias lo son aun más, ya que, sin darme cuenta la acompañaba de regreso a Lima. Sin darme cuenta nos despedíamos con besos nostálgicos. Sin darme cuenta ya estaba en mi habitación, solo. Extrañándola. Buscando su sombra y el eco de su risa. Acomodé mi almohada y su fragancia endulzó toda la habitación. Me abracé de ella. Y mientras me quedaba dormido, adormecido con su recuerdo, me di cuenta que ya no podía vivir sin ella. Que ella es mi vida.
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