lunes, 3 de mayo de 2010

Cap. 1

Aun no sé si aquella noche, en que la llevé a conocer el mar chorrillano, ella temblaba de frío o de temor. No hacía mucho que la conocía y ya me desvivía por complacerla en cualquier capricho: "Me gusta ver el mar por la noche" me dijo un día antes y yo presté atención. Mucha atención. Y no dude un segundo en esperarla pacientemente en la entrada de la facultad, donde estudiábamos. La esperé nervioso mientras limpiaba con esmero mi Hyundai del año 89 -y que aún conservo para mi desgracia-. Lo perfumé, acicalé y llené de gasolina para evitar inconvenientes bochornosos. Mi carcocha no podía defraudarme, pues, mi pasado, mi presente y mi futuro se posarían en sus polvorientos y dipsómanos asientos. Y no me defraudó. Se portó a la altura, a pesar de los amagos que hizo por quedarse varado en alguna de esas subidas que tenía -tiene- el circuito de playas de la costa verde.
Sus enormes ojos brillaban y ya respiraban confianza hacia mí. Había dejado de temblar y, ahora, quien lo hacía era yo, que no sabía qué siguiente paso dar. Ella me miraba ahora con cara de: "no pensarás besarme ¿no?"; y después con cara de "qué esperas para besarme"; para luego cambiarla a "ya me desanimé, ni te atrevas a besarme"; y después con un "Tonto bésame"; y finalizar con un "mejor no". Mi seguridad habitual me abandonó aquella noche. Sólo estaba seguro de una cosa: que ya estaba perdido y jodidamente enamorado de Mónica; y que lo único valiente y original que pude decirle aquella noche frente al mar alunado fue: "tú serás mi Nereida". Después la llevé a su casa.


1 comentario:

Anónimo dijo...

me gusto la historia espèro estar presente para las campanadas de la iglesia que anuncian matrimonioooooo